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Dignidad de la conciencia, Palabra de Dios, Magisterio de la Iglesia
Puerto Rico, septiembre 1993

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1.

Quisiera comenzar mi reflexión con dos pequeños cuentos, cogidos de nuestra vida cotidiana. Esos nos ayudan a tomar conciencia de una experiencia admirable y misteriosa, que cada uno de nosotros vive.

Primer cuento: en una sociedad de transporto público, una mañana no se presenta uno de los choferes que debían hacer el servicio, a causa de una enfermedad. El jefe en aquel puesto lo sustituye con otro, así que el servicio sea asegurado. Ahora les pregunto: si un novio espera su novia y esta no llega a la cita, ¿qué cosa hace el novio? ¿Sustituye la novia por otra?

Segundo cuento: una joven esposa probó una gran alegría cuando se da cuenta que había quedado en cinta. Había siempre deseado ser madre. Pero después de los primeros meses de gravedad, pierde el niño por un aborto espontáneo. El médico para consolarla con la mejor intención, le dice: Señora, no llore. Usted es joven, podrá tener otros niños. La señora quedó impresionada y responde: Los niños no se cambian como los zapatos. Es a él a quien yo no tendré nunca jamás.

Por esto el novio no cambia la novia por ninguna otra novia del mundo. La madre siente que los niños no son una serie, sino que cada uno vale por si y en si. ¿Qué cosa nos hace entender todo esto? Que la persona humana tiene un valor único, irrepetible, infinitamente precioso. Toda persona es un universo por si y en si;. no es parte de una serie; no es parte de un todo.

Quisiera ayudarles a tomar consciencia de esta situación única de cada persona como un ejemplo contrario. Un periódico Cotidiano viene impreso en millones de copias. Leer una copia o la otra del mismo periódico es indiferente. Ninguna va a un kiosco diciendo; de aquel periódico quiero propiamente aquella copia y no otra. Seria ridículo: todas las copias del periódico son idénticas. Las copias, en efecto, son la reproducción del mismo modelo; mas bien no tiene otra función que reproducir aquel modelo. No es así la persona. Las personas no son simples reproducciones de la misma naturaleza humana. Cada una es original. En sentido estricto no se puede siquiera decir: dos, tres... personas.

Las personas no son numerables (cuantificable), porque cada uno es solo en si mismo.

Pero esto no es todo. Quisiera ayudarles a entender otra cosa distinta, con dos ejemplos sencillos. Aunque existen libros que son escritos hace muchos siglos, son siempre actuales. ¿Quien no permanece conmovido leyendo una tragedia de Sofocles o también Don Quijote de La Mancha? Pero aunque se trata de hombres que vivieron hace muchos siglos, en una sociedad y una cultura completamente diversa de la nuestra, existe una común humanidad, en la cual se encuentran el héroe griego, Don Quijote, Sancho Panza, y cada uno de nosotros.

Un otro ejemplo. Desde el momento que existen los hombres, siempre han discutido sobre lo que es justo y sobre lo que es injusto, mientras no han nunca discutido sobre el hecho que a uno la comida le gusta salada y a otro le gusta dulce. Existe, es decir, de los conocimientos, de las verdades sobre las cuales es posible razonar porque esas son patrimonio de todos; existen después los gustos sobre los cuales es imposible discutir, porque cada uno tiene los suyos.

Concluyo el primer punto. Cada uno de nosotros es irrepetible, es insustituible, es único, es un universo. Cada uno de nosotros es participe de la misma humanidad, y habitamos dentro de la misma humanidad.

 

2.

Existe una experiencia en nuestra vida de todos los días, en la cual la persona humana siente profundamente de ser personalmente irrepetible, insustituible, unica y es al mismo tiempo participe de una común humanidad. Es la experiencia ética. Buscaré ahora de describirla con dos ejemplos, uno de carácter histórico, y uno cogido de nuestra vida cotidiana.

Todos ustedes conocen la historia de Santo Tomas Moro. El fue decapitado por el Rey de Inglaterra, Enrique VIII, porque se negó de reconocer la supremacía del rey sobre la Iglesia. Fue un evento dramático, todos los obispos, excluido uno, habían firmado la ley del parlamento.

La mujer y la hija de Tomas Moro lo empujaban para que firmara. Moro rechazo. ¿Por qué? Simplemente porque el juzgaba que la aceptación de la supremacía del rey sobre la Iglesia era injusta.

Reflexionemos bien. Cuando todos le decían a Tomas Moro: "pero estas solo, todos, también los obispos han firmado", El respondía: "cada uno debe decidir por si mismo”.

Esta es la verdad central: ninguno podrá coger su puesto; ninguno podrá sustituirlo en emprender esta decisión. Pero de la otra parte, Tomas Moro estaba convencido que quien quiera se encontrara en su puesto, habría tenido que hacer lo mismo. Moro había vivido en la encrucijada de una exigencia universalmente valida y de una exigencia valida solo para el.

He conocido una esposa, con una gravedad (embarazo) de gran riesgo. Ella dice al médico que si era necesario hacer una elección, no debía salvar su vida, sino la vida del niño.

Gracias a Dios los dos viven. Cuando le manifesté mi admiración, ella me respondió simplemente: “Padre, cualquier madre en mi puesto hubiese hecho lo mismo”. La respuesta en su simplicidad, es de una profundidad conmovedora. Esa mujer se sentía envuelta en una exigencia radicada en su ser madre, en su maternidad como tal: una exigencia universalmente valida. Pero en el mismo modo era ella, solo ella, ha decidir. A ella era requerido de disponerse al sacrificio de la vida. Todavía lo misma encrucijada de universalidad y singularidad.

Esta es la experiencia ética. Probad a observar dentro de ustedes y verán cuan frecuente viven esta experiencia.

 

3.

Pero, ¿dónde adviene en el hombre, cada uno de nosotros, este encuentro, esta encrucijada entre una exigencia que es universalmente válida y una exigencia que al mismo tiempo absolutamente singular?

Viene en dos lugares espirituales. En el juicio de nuestra conciencia moral y en la elección de nuestra libertad. Vemos como, procediendo con orden en el descubrimiento de aquello que es más grande y más bello en nuestra persona.

 

3.1. En el juicio de nuestra conciencia

La conciencia es un juicio de nuestra razón mediante el cual cada uno de nosotros conoce que cosa debc o no debe hacer. Cuando estamos por cumplir una acción, dentro de nosotros resuena una voz que dice: esta acción que estás por cumplir es buena, es mala. He aquí, esta voz es nuestra conciencia. Busquemos de analizarla bien.

Esa dice: estas acciones. Nuestra conciencia juzga nuestra acción singular, aquello de que habla la conciencia no es un acto humano en general, sino que este acto que yo estoy cumpliendo en esta situación única. No insisto sobre este punto, ya hablé de la irrepetibilidad de la persona. Pero esto no es todo.

La conciencia, en efecto, no dice esta acción que estoy por cumplir me gusta o no me gusta, me es útil o también me es dañina, sino que dice: “...es justa o (también) injusta”. Se trata, es decir, de un juicio moral. Por el momento no explicamos que cosa significa, pero continuaremos. La conciencia dice, por ejemplo: es injusta porque es un robo, o también es justa porque es una limosna. En la conciencia se reclama siempre un conocimiento precedente de carácter universal: el robo es injusto, la limosna es buena. Si la conciencia pronuncia su juicio, eso sucede porque ve en este acto que estoy por cumplir la injusticia del robo.

Parémonos a reflexionar sobre este punto. La conciencia es el lugar de encuentro de un conocimiento universal (el robo es injusto) con un conocimiento particular, por ejemplo este acto es un robo. Del conocimiento universal y del conocimiento particular surge la chispa que es la conciencia: este acto que está por cumplirse es injusto. De una parte eres tú y no otro a ser interpelado, en esta situación a cumplir este acto, pero de la otra parte tu persona es iluminada de una luz que es exclusivamente tuya: todos saben que el robo es injusto. Esta luz está en ti, pero no es tuya. Te ilumina en cuanto hombre. Esta luz no es tu conciencia. Es más que tu conciencia. Santo Tomás llama esta luz una participación impresa en el hombre de la divina sabiduría. En una palabra: es la ley moral, alianza del hombre con la sabiduría divina.

 

3.2. En la elección de la libertad

Hay en el hombre una cosa más grande que la conciencia. Todos nosotros desgraciadamente tenemos la triste experiencia que podemos actuar contra el juicio de nuestra conciencia. La conciencia te dice de no cumplir esta acción y lu la cumples igualmente. ¿Cómo se puede explicar este evento así misterioso?

El pasaje del juicio de la conciencia a la acción no es inmediata: interviene precisamente la decisión de nuestra libertad. Hacer aquello que es bueno es mucho más que conocer el bien. ¿Por qué nuestra libertad rechaza el bien que la conciencia presenta? Porque en el momento de pasar a la acción la persona juzga que su propio bien no es aquel presentado por la conciencia. Debemos formarnos un poco sobre este unto muy importante.

Luego, la conciencia dice: este acto, que estás por cumplir es un robo, luego es malo, pero la voluntad decide de cumplirlo ¿por qué? ¿Porque precisamente es un mal? No. Ninguno actúa solamente por el mal. Pero porque la persona piensa: es ciertamente un mal robar, pero en esta situación para mi es un bien. Mirad: entre el juicio de la conciencia y el acto ha intervenido un otro juicio, que es aquel que de hecho dirige nuestra elección concreta. Desde este hecho momento lo llamaremos juicio de elección. El juicio de nuestra conciencia y el juicio de elección son muy diversos. El primero juzga nuestro acto a la luz de aquello que es bueno o malo según la sabiduría divina. El segundo juzga el acto a la luz de aquello que es bueno o malo para mi, según mis deseos, mis aspiraciones, mis afectos.

A este punto ustedes entienden bien que el problema central de nuestra vida espiritual es de hacer coincidir el juicio de conciencia con el juicio de elección. Es decir: hacer coincidir el uno propio bien con aquello que es el bien. La Biblia dice: escribid la Ley de Dios (eso que es bueno) en el corazón del hombre (eso que siento ser mi bien). Cuando esta coincidencia sucede en el hombre hace siempre aquello que quiere. Haciendo aquello que debe. Esta es la definición de libertad.

Mirad como en la elección de nuestra libertad se realiza aquel misterioso encuentro entre una exigencia que atañe solamente a mis deseos y se realiza en un modo mucho más profundo que en la conciencia.

 

4.

Después de haber descrito aquello que hemos llamado experiencia ética, este admirable encuentro de universalidad y singularidad, podemos ver ahora cual errores o en que la persona humana puede incurrir. Tengo un amigo que en juventud era parte de un circo. Era muy experto en caminar sobre la cuerda, también a una altura muy elevada. Una vez le pregunté como era posible un ejercicio tan difícil y peligroso. El me respondió que la primera cosa que se debe nunca hacer es mirar abajo, de una parte o de la otra, y tener siempre la mirada fijada al frente. Cuando se aprende esto no se cae jamás.

Lo mismo sucede en nuestra vida espiritual. Cada uno de nosotros camina sobre una cuerda extendida sobre dos abismos, a derecha y a izquierda. Si uno mira abajo, primero o después se deja prender del vértigo y cae. Me explico en un modo muy concreto.

Primer caso. Una persona dice cierto, el aborto es ilícito, la contracepción es injusta. Todavía mi conciencia me dice en mi situación yo puedo recurrir a la contracepción, cumplir un aborto. En mi caso no es injusto.

¿Qué cosa sucedió con esta persona? Ha elevado el juicio de su conciencia a norma suprema de su obrar. Mejor: ha elevado su conciencia a fuente de la justicia. A esto es inválido de la consideración dice, de su situación concreta.

Segundo caso: Una persona dice: “que necesidad hay de tanta reflexión, de hablar tanto de la singularidad de cada persona. Todo es ya claro, todo está establecido. Leed la Biblia y todo ya es claro para siempre”. ¿Qué cosa ha sucedido en esta persona? Ha cambiado la persona humana... con una copia de periódico. Como si fuera un modelo común según el cual la persona ha sido hecho.

Estas dos personas han caído de la cuerda, cogido del vértigo del abismo de la singularidad o del abismo de la universalidad. ¿Qué cosa se debe pensar? El error es siempre un engaño. Ese se presenta siempre metiendo al frente aquella parte de verdad que de costumbre el error encierra en si.

Hagamos ahora una reflexión rigurosa sobre dos casos. Tenemos siempre en mente la distancia entre juicio de conciencia y juicio de elección. Vamos por orden hablando separadamente de uno y del otro.

Primero debo hacer una premisa importante, las leyes morales pueden ser o negativas o positivas. La distinción es muy importante. La ley moral negativa obliga siempre y donde quiera o en todas partes. Es decir; no es nunca bueno hacer el mal. La obediencia a una norma moral negativa es igual para todos y es muy simple: esa consiste simplemente en el no hacer. Por ejemplo, no matar, significa la misma cosa para todos ayer, hoy y mañana. La ley moral positiva al contrario es mucho más importante y rica. Esa es igual para todos ciertamente. Ayudar al pobre es una obligación para todos. ¿Pero qué cosa significa, como se realiza esta ayuda? La cosa varía mucho de país a país, de persona a persona. Tengamos bien en mente esta distinción y regresemos a nuestro problema.

 

4.1. El juicio de la conciencia

¿En qué cosa consiste el error de quien se llama al juicio de la propia conciencia como la suprema autoridad en la propia vida? Debemos tener en mente las distinciones hechas hace un momento, entre ley moral positiva y ley moral negativa.

Caso de la Ley Moral Negativa. El caso concretamente consiste en el hecho que una persona se atribuye el derecho de actuar contra una ley moral negativa, sobre la base del juicio de la propia conciencia que afirma ser un bien, en su casa, aquello que la ley moral dice que toda casa es malo. Esta situación pone graves y difíciles problemas que es necesario afrontar uno por uno.

Primer problema: ¿Existen leyes morales negativas particulares que no admiten nunca excepciones? Notad bien lo que he dicho: “particulares”. Que existan leyes morales negativas generales que no admiten excepciones está fuera de duda. Por ejemplo: no cometer injusticia. El problema es de saber si existen actos que prescindiendo de la circunstancia en las cuales son realizadas y che la intención con que se cumplen, son siempre injustas. Uno de los argumentos que se usa para atribuir a la conciencia moral del singular la autoridad de ir contra una ley moral negativa es que esas no son siempre válidas, admiten excepciones y es tarea de la conciencia juzgar si en el propio caso la ley moral obliga o no obliga. Este es el problema.

La tradición de la Iglesia y el magisterio han enseñado siempre que existen leyes morales negativas particulares que no admiten nunca excepciones, han enseñado que existen actos que son siempre y en todas partes injustas, porque son siempre y en todas partes contra la dignidad del hombre.

Segundo problema: ¿Cuál es la tarea de la conciencia frente a estas leyes morales que no admiten excepciones? Ciertamente no es aquello de juzgar si la persona debe o no debe obedecer e estas leyes. Debe siempre obedecer. La conciencia tiene la responsabilidad de hacernos conocer si el acto que estamos por cumplir es precisamente aquel de que habla la ley moral negativa. Me explico con un ejemplo:

El acto contraceptivo es siempre injusto y por tanto la ley moral negativa que dice: “no practicar la contracepción” no admite excepciones. Tarea de la conciencia no es juzgar si en el propio caso es lícito recurrir a la contracepción. Siendo siempre ilícito, es ilícito también en mi caso.

Es obvio, pero es bastante importante recordarlo que la persona debe saber que cosa significa “acto contraceptivo” cuando se dice que eso es siempre ilícito. Ahora la definición de contracepción no es tarea de la conciencia moral, se trata de una definición de una conducta humana. La definición dice simplemente lo que es una cosa. No dice nada sobre la cualidad moral del acto definido. Cuando yo digo: el acto contraceptivo es el acto, o en privación del acto conyugal, o durante su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se propone en rendir imposible la procreación. Me limito a hacer una descripción. No he dicho todavía si es justo o injusto. He aquí porque no es responsabilidad de la conciencia definir que cosa es un acto.

Luego, ¿qué cosa hace la conciencia, si de una parte la persona sabe que la contracepción es siempre injusta, y de otra parte sabe que el acto que está por cumplir es un acto de contracepción. La conciencia ilumina este acto con la luz de aquel conocimiento universal. No hace conocer que el acto que estoy por cumplir es injusto. Me explico con un ejemplo. Imaginemos de encontrarnos en una habitación oscura en la cual yo sé que hay objetos peligrosos. ¿Qué cosa hago primero de moverme? Enciendo la luz. La luz me hace ver el objeto, y por esto conozco cuales son peligrosos y cuales no. La conciencia es la ventana que hace entrar la luz en la habitación de mi vida diaria. No es esa que me hace entender si un objeto es peligroso o no: es la luz misma. La conciencia es la vía través del cual el conocimiento de la verdad sobre el bien y el mal ilumina los actos de mi vida diaria.

Caso de la ley positiva. En este ámbito el papel de la conciencia es mayor. Como ya he dicho, la realización del bien es bastante diversa de persona a persona, de situación a situación. Y es haciendo el bien que la persona construye su historia, la historia personal de cada uno.

Aquí encontramos el error de todo fundamentalismo que piensa que todo está establecido una vez para siempre. El error de quien no percibe la irrepetible originalidad y singularidad de toda persona. La conciencia es la luz que me indica en concreto qué cosa debo hacer para ser fiel al Señor en mi existencia diaria.

He dicho que se trata de caminar sobre una cuerda extendida sobre dos abismos en la cual la grandeza y la belleza de la vida cristiana puede hundirse. Hemos visto como este naufragio puede suceder en el juicio de la conciencia.

En síntesis, se equivoca profundamente quien piensa que la conciencia debe solo aplicar materialmente normas morales ya fijadas para siempre.

Se equivoca profundamente también el que piensa que la conciencia tiene la autoridad de establecer aquello que es bueno y aquello que es malo.

Del rechazo de estos dos errores comienza a aparecer la verdad, pero primero debemos ver como estos dos errores pueden anidarse en el juicio de elección.

 

4.2. El juicio de elección

Es muy importante que tomemos conciencia que este acto, la elección y el juicio que ella implica, es el vértice de nuestra vida espiritual. El momento más importante de nuestra vida no es la conciencia sino la opción libre. No existe en la creación un evento más grande, más precioso que un acto libre. Luego esos dos errores de los que hablaba anteriormente, destruyen simplemente la libertad del hombre. Veamos cómo y por qué.

 

El error fundamentalista. Uno de los más grandes genios del cristianismo, San Gregorio de Nissa, ha escrito que el hombre con su elección se genera a sí mismo, se hace como padre de sí mismo. La afirmación es profunda.

La persona humana, de hecho, no es perfecta, sino que se perfecciona; no está realizada, sino se realiza; no está terminada, sino que se termina. ¿Cómo? Mediante y en su actuar libre. Eso que en la persona existe solo potencialmente, se hace actual en la elección libre.

Para entender este punto, el misterio mayor de nuestra vida, podemos usar un ejemplo. Todos nosotros admiramos la “sabiduría”, con la que las abejas trabajan, la “sabiduría" con la que las aves construyen y trabajan sus nidos. Mas aún, nuestra admiración comienza a disminuir cuando observamos que las abejas, las aves hacen siempre la misma cosa: “siempre lo mismo”.

¿Qué cosa significa esta inmutable repetición por la que los animales obran según un instinto natural? Ellos, más que “dirigirse a ellos mismo”, son dirigidos desde su naturaleza: por eso hacen lo mismo. Y es por eso que, como ya observaba Aristóteles, los animales, a diferencia del hombre, poco después de su nacimiento son auto-suficientes: no tienen necesidad de ser educados. La esencia de la libertad genera en ellos un modo de actuar que es común a todos los animales de la misma especie.

No es así con el hombre. El no está solo dirigido por los instintos de la naturaleza. El se dirige a sí mismo: es causa de su obrar. Es, por consiguiente, responsable. Solo quien no ha nunca visto la libertad puede caer en el error fundamentalista, o bien, quien, habiéndole visto, no ha visto la infinita belleza y preciosidad. Escribe J. Maritain: «El mismo problema no aparece nunca dos veces en el mundo. Absolutamente hablando, en sentido riguroso no existe precedente. Cada vez me encuentro en una situación que exige de mi, que yo haga algo de nuevo, que cumpla un acto que es único en el mundo».

El hombre vive una experiencia, la más grande que le sea consentida de vivir, en la que la revelación de su libertad es resplandeciente: la experiencia del amor. Si se te pide por qué amas aquella persona, en el fondo solo puedes responder: “porque he decidido amarla”. Amor y libertad habitan el uno en el otro. Y es por esto que solitamente la visión fundamentalista es una visión en la que el amor no está al centro, porque al centro no está la libertad.

 

El error autonomista: si el error fundamentalista consiste simplemente en el no ver qué cosa en la libertad, el error que afirma una autonomía exagerada del hombre es de creer exaltar la libertad sacándola de la verdad, el punto es sutil e importante.

Hemos visto cual es la experiencia de este error: retener que sea el hombre quien decida, en último análisis, lo que es bueno y lo que es malo para él. En esta perspectiva, la libertad se vuelve cómica: pierde toda seriedad.

Recuerden una de las páginas del Quijote. Sancho Panza había hecho una acción censurable. Su amo le censura y Sancho reconoce su error, pero cuando se trata de cumplir la justa pena, Sancho dice: “Señor, me golpeo yo mismo”. Kierkegaard hace un comentario estupendo refiriéndose a estas páginas. Pregunta: “creen ustedes que los golpes que Sancho se haya dado a sí mismo hayan sido muy fuertes? No lo creo del momento que la misma persona golpea y es golpeada”. ¿Qué cosa, se preguntarán, tiene este recuento que ver con nuestro problema? Si mi libertad no es habitada por una exigencia que la precede y que ella no se impone, es del todo indiferente hacer una elección o otra. Esto es: todo y lo contrario de todo es lo mismo. Eso que es diferente es indiferente. Nada vale la pena. Es la libertad que se hace aburrida y desesperada. También se pierde el sentido de toda responsabilidad. ¿Responsabilidad hacia quién, si mi libertad es el primer absoluto?

 

He terminado este largo punto cuarto de mi reflexión. ¿Qué hemos dicho? hemos dice que:

- sea el juicio de conciencia, sea cl juicio de elección es el encuentro entre la absoluta singularidad de la persona y un orden del ser que llama a toda persona como tal.

- sea el juicio de conciencia, sea el juicio de elección son destruidos en su dignidad o cuando viene negada la originalidad irrepetible de cada persona, como lo hace el error fundamentalista, o cuando viene negado que existe una verdad y un orden que precede la persona singular o que en ella reside, como lo hace el error autonomista.

A través de este largo camino estamos finalmente llegando a situar la conciencia moral y la libertad humana, en una palabra, la persona humana, en eso que tiene de grande, en su casa: la Santa Madre Iglesia Católica. A este punto dedicaré mi reflexión en el quinto y último punto.

 

5.

Comienzo una vez más con un recuento tomado de la tradición católica.

Una vez, un rey dio a dos súbditos un puño de semillas, como regalo, y se fue. El primero esconde la semilla en un lugar muy seguro, seco, para que no se perdiera. El segundo la sembro, preparó el pan con la cosecha de la semilla. Regresó el rey y pidió a cada uno de los dos súbditos que lo invitaran a comer a la mesa con ellos. El primero, muy apenado, responde que no era posible porque no había sembrado la semilla, sino que la había conservado. El segundo responde que si el rey quería, podía sentarse a su mesa y comer el pan producido con la semilla plantada. El rey, finalmente, cenó con este último.

El Señor ha depositado en el corazón y en la mente de sus Apóstoles la Revelación de la Misericordia del Padre, de su Amor hacia los hombres. ¿Qué cosa han hecho los Apóstoles? ¿Han escondido esta Revelación para conservarla intacta, para que no se corrompiese?

Han sembrado la Revelación en el corazón de los hombres y cuando estos ofrecían su disponible obediencia, aquella semilla, es decir la Revelación, nació, produjo sus frutos. Fuera de la imagen: la predicación apostólica (ahora presente en la Sagrada Escritura) ha generado la Tradición de la Iglesia, la cual no es otra cosa que la misma Escritura meditada y vivida. Es un misterio admirable.

Se preguntan: ¿el árbol y la semilla, son la misma realidad? Ciertamente en el sentido que el árbol no es otra cosa sino la semilla plenamente desarrollada y el árbol no ha podido hacerse sino lo que estaba presente en la semilla. Es una identidad en el desarrollo; es un desarrollo en la identidad.

Así es, de la Sagrada Escritura y de la Tradición viviente de la Iglesia.

¿Qué cosa asegura esta identidad en el desarrollo y este desarrollo en la identidad? No la habilidad de los hombres. Ninguna institución humana ha podido durar 2000 años.

En la Iglesia está siempre presente eso de que habla la Revelación. O mejor dicho, a la Iglesia siempre se le concede estar presente, a aquel hecho de que hablaba la Revelación.

Mediante la Eucaristía, la Iglesia vive realmente hoy eso de que habla la Revelación. Celebrando la Eucaristía, la Iglesia puede entender la Revelación como cuando uno están viviendo una experiencia de amor, puede entender profundamente eso que se escribe sobre el amor.

¿Quién introduce a la Iglesia en la verdad de la Revelación? Es el Espirito Santo, donado a todo creyente, para que todo creyente pueda conocer la infinita misericordia del Padre. Así existen los fieles que en sus vidas viven su fe. Existen los profetas que tienen una fuerza única en llamar a todos a la verdad del Evangelio; existen teólogos que meten toda su inteligencia al servicio de la fe. “La Iglesia en el curso de los siglos tiende incesantemente a la plenitud de la verdad divina hasta que en ella vengan a cumplimiento las palabras de Dios” (Dei Verbum, 8).

En esta incesante tensión, la Iglesia está guiada por el Papa y los obispos en comunión con él, cuya autoridad está ejercitada en el nombre de Jesús. Su tarea es de interpretar auténticamente la palabra de Dios. Ellos están llamados a custodiarla santamente y a exponerla fielmente.

He descrito brevemente la casa donde mora la conciencia y libertad del cristiano, esto es la Santa Iglesia.

¿En qué sentido la Iglesia es la casa de la conciencia y la libertad? Antes de responder, debo volver brevemente a la verdad central en la visión cristiana del hombre. La persona humana, cada persona humana, está creada en Cristo. ¿Qué significa esto? La persona humana no es una necesidad para Dios. Sin embargo, por una decisión insondable de su Amor absolutamente libre, Él crea el hombre. Quiere abrir su vida, su libertad, su eternidad, su gozo, al ingreso del hombre. ¿Cuál es el tipo de hombre que Dios quizo crear? Cuando en la mente divina surge el proyecto de hombre que entiende crear, este hombre es su Hijo: su Hijo encarnado, muerto y resucitado de entre los muertos. Este el hombre. El hombre querido por Dios es Jesucristo y en Él, solamente en Él, cada uno de nosotros ha sido querido, pensado, creado. El Cristo es la verdad, la identidad de cada hombre.

Hecha esta premisa fundamental, ahora podemos entender por qué la Iglesia es la casa de la conciencia y de la libertad del cristiano.

El cristiano es el hombre que en la fe ha acogido el proyecto original de Dios sobre el hombre; participa ahora a través de la celebración de la Eucaristía. Lo realiza en su historia diaria.

Dentro de esta realización nosotros vivimos, cuando ejercitamos nuestra libertad y hacemos uso de nuestra conciencia.

La presencia de Cristo es la Iglesia y es en la Iglesia que nosotros podemos aprender del Cristo.

Frente a la conciencia, la Iglesia nos ilumina continuamente sobre lo que son nuestras exigencias que surgen de nuestro ser en Cristo. En este modo la conciencia posee la luz mediante la cual discierne lo que es bueno y lo que es malo. En consecuencia, es simplemente impensable, sea que la Iglesia, cualquier autoridad en la Iglesia, pueda sustituir al juicio de la conciencia, sea que la conciencia del cristiano pueda contraponerse a la Iglesia.

Es impensable la hipótesis anterior. La conciencia es el juez del acto que la persona cumple en su particular situación. Ahora, ¿cómo es posible que en esta posición pueda colocarse uno que no sea la persona misma que está por actuar?

Es impensable la segunda hipótesis. Es en la Iglesia que la conciencia recibe la verdad que es Cristo. Quererse contraponer a la Iglesia tiene el mismo significado que si un árbol quisiese desarraigarse de la tierra para vivir. Es la Iglesia quien nutre la conciencia.

Concluyo. Un rabí que vivió antes de Jesucristo dice que todo el universo se rige sobre tres columnas: el don de la Ley hecho a Moisés, el culto divino en el Templo, las obras de misericordia hecha a los pobres. La reflexión es profunda.

En el prólogo del cuarto Evangelio, Juan escribe que la Ley nos ha sido dada por medio de Moisés, pero la gracia de la verdad no viene por medio de Jesucristo.

Cuando Cristo murió, dice: “todo ha sido llevado a cumplimiento”. A la perfección. Y ofreció su Espíritu para que los hombres pudiesen amarse como Él nos ha amado.

El viejo rabí había visto bien. El universo del ser se funda sobre tres columnas: la gracia de la verdad que ha sido depositada en la predicación de los Apóstoles en la Iglesia: la celebración Eucarística del sacrificio de Cristo; la comunión en el vínculo de la fraternidad.

Es esta la Iglesia en su misterio más profundo. Dentro de esto cada uno de nosotros habita y vive. Con su conciencia y su libertad, en su infinita preciosidad.